Misa Crismal 2019. La Unión del clero con su pastor.

HOMILÍA MISA CRISMAL

 

SALUDO INICIAL

“Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (Ap. 1,5) al ciudadano MG Richard López Vargas, Comandante General de la GNB, 2do. Comandante y Jefe de Estado Mayor de la GNB, Miembros del Alto Mando Institucional, Oficiales Generales, Superiores, Subalternos, Tropas profesionales, diácono, seminaristas, Coral de la GNB, Músicos Militares, personal No militar que participan en esta Misa Crismal.

Saludo con afecto, especial a ustedes Sacerdotes,Capellanes Militares que hoy recuerdan, al igual que yo, el día de la ordenación presbiteral. Recordamos en la oración a los sacerdotes que por edad, enfermedad, distancia geográfica y ocupación u otra razón no nos acompañan esta mañana.

INTRODUCCIÓN

En este anticipo del Jueves Santo, en el que Cristo nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), hacemos memoria del día feliz de la Institución de la Eucaristía y del sacerdocio y  de nuestra propia ordenación sacerdotal. En esta Santa Misa, nuestra mente retorna hacia aquel momento en el que el Obispo, por la imposición de las manos y la oración, nos introdujo en el sacerdocio de Jesucristo.

Esta celebración, que nos conmueve interiormente cada año, evoca en nosotros elementos fundamentales de nuestra vida. Es una celebración que nos guía a la puerta misma del Santo Triduo Pascual; es precisamente de este Triduo de donde proviene toda la fuerza de lo que esta mañana vamos a realizar: la consagración del santo Crisma y la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos que van a ser utilizados en todas las Capellanías y Parroquias del Ordinariato Militar como cauces de la misericordia del Señor en la celebración de los sacramentos.

Cada año la misa Crismal nos exhorta a volver a dar un «sí» a la llamada de Dios que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal. «Adsum», «Heme aquí», dijimos, como respondió Isaías cuando escuchó la voz de Dios que le preguntaba: « ¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra?» (Is 6, 8). Luego el Señor mismo, mediante las manos del obispo, nos impuso sus manos y nos consagró para la  misión de anunciar el Evangelio.

El misterio del sacerdocio en la Iglesia está en el hecho de que nosotros, míseros seres humanos, en virtud del Sacramento del Orden, podemos hablar y actuar «in persona Christi». Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote quiere ejercer su sacerdocio a través de nosotros. Este misterio conmovedor, que en toda celebración del sacramento nos vuelve a tocar, lo recordamos de manera particular cada Jueves Santo en la Misa Crismal.

Para que el ajetreo diario no marchite lo que es grande y misterioso, necesitamos este recuerdo específico, necesitamos volver a aquella hora en la que Él puso sus manos sobre nosotros y nos hizo partícipes de este misterio.

Por tanto, reflexionemos nuevamente en los signos con los que se nos ha entregado el sacramento del Orden Sacerdotal. En el centro está el gesto antiquísimo de la imposición de las manos, con el que él tomó posesión de mí diciéndome: «Tú me perteneces». Pero de este modo nos ha dicho también: «Tú estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de mi corazón. Tú estás protegido bajo el hueco de mis manos y te encuentras en la inmensidad de mi amor. Estás en el espacio de mis manos; dame las tuyas».

Recordamos, además, que nuestras manos han quedado ungidas por el óleo, que es el signo del Espíritu Santo y de su fuerza. El Señor nos ha impuesto las manos y ahora quiere nuestras manos para que, en el mundo, seamos las suyas. Quiere que nuestras manos dejen de ser instrumentos que toman las cosas, los hombres, el mundo para nosotros mismos, para someterlos a nuestra posesión, y que por el contrario transmitan su toque divino, poniéndose al servicio de su amor.

Los signos esenciales de la ordenación sacerdotal son en el fondo manifestaciones de esa palabra: la imposición de las manos; la entrega del libro -de su palabra que nos confía-, la entrega del cáliz con el que nos trasmite su misterio más profundo y personal. De todo esto forma parte también el poder de absolver: nos hace partícipes de su conciencia sobre la miseria del pecado y la oscuridad del mundo y pone en nuestras manos la llave para volver a abrir la puerta hacia la casa del Padre.

Esta Misa Crismal, al mismo tiempo,  nos brinda la ocasión de preguntarles de nuevo: « ¿Quieren unirse más fuertemente a Cristo y configurarse con él, renunciando a ustedes mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptaron gozosos el día de su ordenación para el servicio de la Iglesia?». Así interrogaré singularmente a cada uno de ustedes y también a mí mismo después de la homilía.

Con estas preguntas se expresan sobre todo dos cosas: por un lado, se requiere un vínculo interior, más aún, una configuración con Cristo y, con ello, la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello que es solamente nuestro, a la tan invocada auto realización.

Por el otro, se pide que nosotros, que yo, no reclame mi vida para mí mismo, sino que la ponga a disposición de otro, de Cristo, de la Iglesia. Que no me pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué puedo dar yo por Cristo, por la Iglesia y también por los demás? O, todavía más concretamente: ¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy?

Queridos Sacerdotes, queda claro que la configuración con Cristo es el presupuesto y la base de toda renovación.

Queridos Sacerdotes, quisiera mencionar brevemente dos palabras claves de la renovación de las promesas sacerdotales, que deberían inducirnos a reflexionar en este momento de la Iglesia y de nuestra propia vida. Ante todo, el recuerdo de que somos –como dice Pablo– «administradores de los misterios de Dios» (1Co 4,1) y que nos corresponde el ministerio del anuncio y la enseñanza, el munus docendi, que es una parte de esa administración de los misterios de Dios, en los que él nos muestra su rostro y su corazón.

Todo anuncio nuestro debe confrontarse con la palabra de Jesucristo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16). No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores. Pero esto, naturalmente, en modo alguno significa que yo no sostenga esta doctrina con todo mi ser y no esté firmemente anclado en ella.

La última palabra clave a la que quisiera aludir todavía se llama celo por las almas (animarum zelus). Un sacerdote no se pertenece jamás a sí mismo. Las personas han de percibir nuestro celo pastoral, mediante el cual damos un testimonio creíble del evangelio de Jesucristo.

PALABRA DE DIOS EN NUESTRA VIDA SACERDOTAL

En la liturgia de la Palabra, las Lecturas, también el Salmo, nos hablan tres «Ungidos»: el siervo de Yahvé de Isaías, el rey David, y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven. El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. Es decir, para los hombres y mujeres en uniforme y sin él, para sus familias. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón, como lo expresó su Santidad el papa Francisco en su primera Misa Crismal, el 28 de Marzo de 2013.

Al buen Capellán se lo reconoce por cómo anda ungida y evangelizada su Unidad Militar. Cuando los miembros de nuestras Capellanías andan ungidos con óleo de alegría se les nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestros hombres y mujeres en  uniforme y sus familias agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, donde ellos como pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado por las cosas de su vida cotidiana, por sus penas y alegrías, por sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema…». «Bendígame, padre», y «rece por mí».

Hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las unidades militares: cuadras, dormitorios, garitas, enfermería, en las familias y hogares de nuestros fieles, en los hospitales militares, departamentos de procesados militares, en los comandos de componente, comandos de zona, destacamentos, compañias, pelotones, academias y en las oficinas, en las bases navales y aéreas, en las naves y aeronaves, en las viviendas de guarnición y en los urbanismos donde residen nuestros fieles de la FANB.

Con las palabras del Papa Francisco les digo: “El sacerdote, el Capellán Militar que sale poco de sí, que unge poco se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón.

Recordemos siempre que el Señor nos ha ungido en Cristo con óleo de alegría y esta unción nos invita a recibir y hacernos cargo de este gran regalo: la alegría, el gozo sacerdotal. La alegría del sacerdote es un bien precioso no sólo para él sino también para todo el pueblo fiel de Dios: ese pueblo fiel del cual es llamado el sacerdote para ser ungido y al que es enviado para ungir.

Ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría. La alegría sacerdotal tiene su fuente en el Amor del Padre, y el Señor desea que la alegría de este Amor “esté en nosotros” y “sea plena” (Jn 15,11). La unción es para ungir al santo pueblo fiel de Dios: para bautizar y confirmar, para curar y consagrar, para bendecir, para consolar y evangelizar.

El Santo Padre nos habla de los tres rasgos significativos que debe haber en nuestra alegría sacerdotal: es una alegría que nos unge, es una alegría incorruptible y es una alegría misionera que irradia y atrae a todos, comenzando por los más lejanos. Y como es una alegría que solo fluye cuando el pastor está en medio de su rebaño, por ello es una “alegría custodiada” por ese mismo rebaño.

“Alegría custodiada” por el rebaño y custodiada también por tres hermanas que la rodean, la cuidan, la defienden: la hermana pobreza, la hermana fidelidad y la hermana obediencia.

La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la obediencia. Obediencia a la Iglesia en la Jerarquía que nos da, por decirlo así, no sólo el marco más externo de la obediencia: la parroquia o capellanía a la que se me envía, las licencias ministeriales, la tarea particular… sino también la unión con Dios Padre, del que desciende toda paternidad.

Pero también la obediencia a la Iglesia en el servicio: disponibilidad y prontitud para servir a todos, siempre y de la mejor manera, a imagen de “Nuestra Señora de la prontitud” (cf. Lc 1,39), que acude a servir a su prima y está atenta a la cocina de Caná, donde falta el vino.

La disponibilidad del sacerdote hace de la Iglesia casa de puertas abiertas, refugio de pecadores, hogar para los que viven en la calle, casa de bondad para los enfermos, campamento para los jóvenes, aula para la catequesis de los pequeños de primera comunión, casa de todos.

ORACION POR LOS SACERDOTES

 En este Jueves Sacerdotal le pido al Señor Jesús que cuide el brillo alegre en los ojos de los recién ordenados, que salen a comerse el mundo, a desgastarse en medio del pueblo fiel de Dios, que gozan preparando la primera homilía, la primera misa, el primer bautismo, la primera confesión…Cuida Señor en tus jóvenes sacerdotes la alegría de salir, de hacerlo todo como nuevo, la alegría de quemar la vida por ti.

Así mismo, le pido al Señor Jesús que confirme la alegría sacerdotal de los que ya tienen varios años de ministerio. Cuida Señor la profundidad y sabia madurez de la alegría de los capellanes adultos. Que hagan suyas las palabras de Nehemías: “la alegría del Señor es mi fortaleza” (cf. Ne 8,10).

Por fin, en este jueves sacerdotal, pido al Señor Jesús que resplandezca la alegría de los sacerdotes ancianos, sanos o enfermos. Es la alegría de la Cruz que mana de la conciencia de tener un tesoro incorruptible en una vasija de barro que se va deshaciendo.

Sabemos que nuestro pueblo es generoso en agradecer a los sacerdotes los mínimos gestos de bendición y de manera especial la administración de los sacramentos. Por ello, les pido queridos fieles de esta Iglesia particular que peregrina en la FANB, acompañen a sus Capellanes Militares con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos Capellanes Militares, unidos a María, Reina de los apóstoles, pidamos a Dios Padre que renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad sino la de ser en medio del Pueblo a nosotros confiado, Ante Todo Pastores, y que pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido. Amén.

+ MONSEÑOR BENITO ADÁN MÉNDEZ BRACAMONTE

OBISPO CASTRENSE

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