HOMILÍA MISA CRISMAL DEL CLERO CASTRENSE Jueves 22 de marzo de 2018

Gracia y paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel” (Ap. 1,5) a todos ustedes, apreciados sacerdotes, Capellanes militares, diáconos, seminaristas, personal militar y No militar, miembros del Consejo Diocesano de Laicos, Coro Religioso, Músicos Militares, Orquesta del MPPD, que participan en esta Misa Crismal. Saludo también y recordamos en la oración a los sacerdotes que por edad, enfermedad, ocupación u otra razón no nos acompañan esta mañana.

Esta celebración, que nos conmueve interiormente cada año, evoca en nosotros elementos fundamentales de nuestra vida. Es una celebración que nos guía a la puerta misma del Santo Triduo Pascual; es precisamente de este Triduo de donde proviene toda la fuerza de lo que esta mañana vamos a realizar: la consagración del santo Crisma y la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos que van a ser utilizados en todas las Capellanías y Parroquias del Ordinariato Militar como cauces de la misericordia del Señor en la celebración de los sacramentos.

Es una celebración que nos une como pueblo sacerdotal, profético y real. Y para quienes hemos recibido la unción del crisma de modo particular el día de nuestra ordenación sacerdotal nos ayuda a hacer nuestra aquella exhortación del apóstol Pablo a Timoteo: “reaviva el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim 1,6); y nos hace conscientes de pertenecer a una realidad muy hermosa: a esta Iglesia particular que peregrina en la FANB y a este presbiterio de nuestro Obispado Castrense, que unido a su obispo, hoy quiere renovar su entrega generosa al servicio del pueblo de Dios confiados en la Palabra de Aquél que nos llamó, nos capacitó para el ministerio y nos sostiene diariamente con su gracia.

 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres” (Is. 61, 1,3). Estas palabras del profeta Isaías se refieren, ante todo, a Jesús. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc. 4, 21). Así comenta él mismo, en la sinagoga de Nazaret, el anuncio profético de Isaías.

Es Jesús mismo quien afirma que Él es el Ungido del Señor, a quien el Padre ha enviado para anunciar la Buena nueva a los pobres y a los afligidos, para traer a los hombres la liberación de sus pecados. Él es el que ha venido para proclamar el tiempo de la gracia y de la misericordia de Dios. Él ha traído el soplo de la vida nueva y da la salvación a todos los que creen en Él.

El mismo Señor Jesús ha hecho de todos nosotros, los bautizados, un reino de sacerdotes. Por el bautismo hemos sido ungidos y consagrados sacerdotes para ofrecer, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales.

Como ungidos y consagrados, todos los cristianos estamos llamados a dejar que el don de la nueva vida de la gracia, recibida en el Bautismo, se desarrolle en nosotros mediante una fe viva en el Dios vivo, que viene a nuestro encuentro y nos ofrece su amistad y su amor en su Hijo; una fe personal en comunión con la fe de la Iglesia.

En otro nivel cualitativamente distinto, el Señor ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes. Por una unción especial hemos sido ordenados para ser ministros de Cristo y del Pueblo santo de Dios; es decir, servidores que pastorean al pueblo sacerdotal, que anuncian la Buena nueva y ofrecen el sacrificio eucarístico a Dios en nombre y en la persona de Cristo (cf. LG 10); somos sacerdotes no en provecho propio, sino para servir al sacerdocio bautismal de todo el pueblo de Dios.

Queridos sacerdotes. Somos servidores, no dueños del Pueblo santo de Dios. Estamos llamados a servir a todos los bautizados para que vivan su sacerdocio común; es decir, su unción y vocación bautismal, ofreciéndoles en nombre de Cristo la Buena nueva que les lleve al encuentro personal y transformador con Él y a su seguimiento en la comunidad cristiana; estamos enviados para ayudarles a descubrir o redescubrir la vocación a la alegría del amor de Dios y de amar a Dios y a los hermanos; estamos ungidos y enviados para acompañarles personalmente en su existencia y vida cristiana concretas: en las alegrías y en la penas, en los gozos, en las dificultades y en las crisis; ellos necesitan y reclaman nuestro testimonio y apoyo para hacer de su vida una ofrenda a Dios y una entrega a los demás en la vocación concreta de cada uno; en una palabra, estamos llamados a servirles para que sean discípulos misioneros del Señor.

Nuestro primer servicio es ayudar a los  bautizados a conocer a Dios y su Palabra para llevarles al encuentro personal con Cristo en la oración, que avive el don de su bautismo. Soy conocedor como ustedes de las dificultades internas y externas en el proceso de la iniciación cristiana y en el crecimiento en la fe de niños, adolescentes, jóvenes y adultos; también conozco como ustedes de las dificultades de nuestros fieles no casados y de los matrimonios y familias ya constituidos para acoger y vivir la vocación al matrimonio y a la familia cristiana. Me preocupa -y nos preocupa-, especialmente, el alejamiento de la fe y vida cristiana y de la Iglesia de muchos integrantes de la FANB. Esto no nos puede ser indiferente. Pese a todas las apariencias al hombre y la mujer de hoy le sigue interpelando la verdad y el sentido de vida que es y ofrece Jesucristo. El bautizado de hoy se asemeja muchas veces a aquella samaritana que desea llenar su cántaro y su vida del agua viva; pero ni sabe lo que busca, ni conoce el agua viva y, así, sigue rodeándose de ‘maridos’ que, en realidad, no son el suyo (cfr. Jn. 4,17).

Como Capellanes Militares necesitamos ser cercanos y conocer a nuestros feligreses; y hemos de amarlos -nunca despreciarlos- con el afecto del buen Pastor, siendo testigos trasparentes de Él, para ofrecerles con verdadera pasión a Dios y a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida.

Amados hermanos sacerdotes. En breves momentos vamos renovar nuestras promesas sacerdotales. Se trata de un rito que cobra su pleno valor y sentido precisamente como expresión del camino de santidad, de fidelidad y de ardor apostólico, al que el Señor nos ha llamado por la senda del sacerdocio y del servicio pastoral. Cada uno de nosotros recorre este camino de manera muy personal, sólo conocida por Dios, que escruta y penetra los corazones. Con todo, en la liturgia de hoy, la Iglesia nos brinda la consoladora oportunidad de unirnos y sostenernos unos a otros en el momento en que, a las preguntas del Obispo, contestamos todos a una: “Sí, quiero”. Esta solidaridad fraterna ha de transformarse en un compromiso concreto de ser cercanos los unos a los otros, en las circunstancias ordinarias de la vida y del ministerio. No nos puede ser indiferente ningún hermano sacerdote.

Para ser servidores de la unción bautismal de los fieles, los Sacerdotes debemos dar un testimonio coherente de vida, hemos de vivir con fidelidad el don y ministerio que hemos recibido. Nuestra fidelidad reclama no sólo conservar y perdurar en el tiempo, sino mantener el espíritu atento para crecer en nuestra entrega generosa. La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha vuelto más difícil en nuestros días; y, sobre todo, se ha vuelto más difícil hacerlo con alegría. ¡No demos cabida en nuestras vidas a cualquier forma de fingimiento! ¡Evitemos caer en la rutina, la mediocridad o la tibieza, que matan toda clase de amor! Vivamos con alegría nuestra vocación sacerdotal.

 

¡Acojamos la invitación del Señor a vivir con radicalidad evangélica el don y el ministerio recibido! Seamos responsables en nuestra tarea como capellanes militares, alegres en nuestra vida como consagrados, preocupados por la oración, atentos a las necesidades de los integrantes de nuestra Capellanía y fieles a la misión de anunciar a todos el Evangelio de la vida.

Siguiendo la invitación del salmo 88, cantemos una y otra vez las misericordias del Señor: cantemos su amor misericordioso con redoblada alegría en esta mañana, en que celebramos la fiesta de todo el Pueblo de Dios al contemplar hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano desde el día de su bautismo; y en que celebramos de manera especial la fiesta del sacerdocio ministerial, ungidos y ordenados presbíteros para el servicio del pueblo cristiano.

 

! Cuántos motivos para dar hoy gracias a Dios por su misericordia. ¡Cómo no rememorar tantos dones recibidos, tanta misericordia derramada a lo largo de los años de nuestra existencia: “He ungido a David mi siervo para que mi mano esté siempre con Él. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán. Él me invocará, Tú eres mi Padre” (Sal 88). Estas palabras también se aplican a nosotros. Dios nos ha ungido, nos ha consagrado, nos ha hecho suyos: su fidelidad y su misericordia nos acompañan. Es la luz de nuestra vida, es nuestro descanso y la fuente de nuestra esperanza.

Al dar gracias a Dios por el don del  sacerdocio, hoy, en mi condición de Obispo Castrense doy gracias también, queridos sacerdotes, por ustedes: por su fidelidad, humildad, por su trabajo abnegado, por los frutos y por su cansancio pastoral, por su generosidad silenciosa y, también, por sus sufrimientos pastorales. Sólo Dios sabe el bien inmenso que todo sacerdote fiel, bueno y entregado hace a nuestras unidades militares, aunque no siempre sea reconocido. Cuenten en esta mañana con el reconocimiento, el apoyo, el afecto, la gratitud y la oración de su obispo y de los fieles aquí reunidos.

 

Que a todos nos sostenga la santísima Virgen María, Madre del Señor y Madre de los sacerdotes. Que Ella nos obtenga a nosotros, frágiles vasijas de barro, la gracia de llenarnos de la unción divina para que dóciles al Espíritu del Señor, seamos ministros fieles  al Evangelio y servidores del Pueblo santo de Dios que peregrina en la FANB. Amén.

 

Caracas, 22 de marzo de 2018.

+ Mons. Benito Adán Méndez Bracamonte

Obispo Castrense de Venezuela

 

 

 

 

 

 

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